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JRF

Un blog reaccionario

«Verum, Bonum, Pulchrum»

POR QUIÉN DOBLAN LAS CAMPANAS

por | 4 May 2023 | Autores invitados

Escrito por Walden Fernández Lobo*

Ernest Miller Hemingway nació en eI estado de Illinois (USA) en 1899. Se le considera uno de los novelistas norteamericanos más importantes del siglo XX. Desde bien joven mostró una gran afición por las emociones fuertes; en este sentido no se equivocó naciendo cuando nació, pues tuvo la oportunidad de ser testigo de dos guerras mundiales y otra guerra menor, pero bastante feroz, la guerra civil española. Todas estas experiencias las fue llevando a sus novelas. Así las de la primera guerra mundial le sirvieron de base para su novela A farewell to arms (Adiós a las armas), publicada en 1929. Las de la guerra civil española, como corresponsal, para la que se considera como su novela más famosa, For whom the bell tolls (Por quién doblan las campanas).

Pero su amor por España ya le había venido de antes, pues en 1926 publicó la primera novela que le haría famoso y que se titula The sun also rises (El sol también se levanta), pero que fue traducida a nuestro idioma como Fiesta. Ya llevaba varios años viviendo en París como corresponsal y conviviendo con algunos compatriotas suyos pertenecientes a la generación perdida de los años 20. En 1923 un grupo de ellos se desplazaron a Pamplona para asistir a los sanfermines, durante los cuales se suceden una serie de aventuras amorosas y al final la historia termina en Madrid. Hace, pues, 100 años que Hemingway visitó España por primera vez y se enamoró de nuestro país. Algunos dicen que fue el vino el que le ocasionó este enamoramiento; es cierto que le encantaba el vino de Rioja, pero su gran afición era la fiesta nacional, los toros, y de ahí la traducción libre de Fiesta. Unos cuantos años más tarde, en 1932, publicó Death in the afternoon (Muerte en la tarde), donde analizó las tradiciones de las corridas de toros españolas, así como la naturaleza de la vida y la muerte. Pero volviendo a la novela anterior, que como acabamos de decir concluye en Madrid, es cierto que le impresionó Pamplona, pero Madrid acabó siendo su verdadero amor, la capital del mundo, como la tituló en un cuento. Al final de la novela, el protagonista de esta, Jake Barnes, un periodista norteamericano, se encuentra con su amor, Brett Ashley, en Madrid. Y esto es lo que hicieron al mediodía:

«Almorzamos en Botín, en el comedor de arriba. Es uno de los mejores restaurantes del mundo. Tomamos cochinillo asado y bebimos Rioja alta. Brett no comió mucho. Nunca comía mucho. Yo tomé un buen almuerzo y bebí tres botellas de Rioja alta.»

Que Botín, localizado al lado de la plaza Mayor de Madrid e inaugurado en 1725, siga siendo uno de los mejores restaurantes del mundo es muy cuestionable; pero lo que sí es cierto es que es el restaurante más antiguo del mundo según el Guinness World Records, a punto ya de cumplir 300 años. Y lo que también es un hecho es que 100 años después de que Hemingway comiera allí, todavía siguen viniendo norteamericanos a comer cochinillo asado y visitar la sala donde se sitúa la escena final de la novela. En 1957 fue llevada al cine con Ava Gardner y Tyrone Power como protagonistas.

Pero como ya hemos comentado, la novela más famosa de Hemingway fue Por quién doblan las campanas, localizada también en España durante la guerra civil del 36, que él vivió como corresponsal, siendo publicada en 1940. Cuando leí esta obra, lo hice en el original en inglés. Ya desde el principio me encontré con un problema, pues en el prefacio

aparece una cita de John Donne, un poeta metafísico inglés del siglo XVI; algo parecido a leer a Santa Teresa de Jesús o a San Juan de la Cruz en su idioma original. Esa cita, traducida a nuestro idioma, dice lo siguiente:

«Nadie es una isla, completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo del continente, una parte de la masa…. La muerte de cualquier hombre me disminuye porque estoy ligado a la humanidad; y por consiguiente nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas: doblan por ti.»

Hasta que no terminé de leer la novela, no supe a qué venía esta cita que daba el título de ésta. Pero el argumento es el siguiente. El protagonista, Robert Jordan, apodado el inglés, es un estadounidense que colabora como dinamitero de las brigadas internacionales y al que le encargan la voladura de un puente en la sierra de Guadarrama para cerrar el paso a las tropas nacionales durante la ofensiva de Segovia. Al llegar a la zona detrás de las líneas enemigas, se encuentra con el grupo que debe ayudarlo en su trabajo y dentro de este conoce a María, una joven de la que se enamora de inmediato y con la que sueña de poder regresar a Madrid, pues acaba de darse cuenta de lo importante que es la vida cuando uno está enamorado. Pero también es consciente de que la operación que va a emprender es muy arriesgada y probablemente puede morir. Y efectivamente Jordan queda malherido durante la operación y, para que los del grupo puedan huir libremente, decide que es mejor que se quede allí mismo a la merced del enemigo. Pero antes se despide de María; esta es una parte del diálogo que mantiene con ella:

«- Guapa (sic en el original en inglés) -dijo a María, cogiéndole las manos entre las suyas-. Oye, ya no iremos a Madrid.

Entonces ella se puso a llorar.

– No, guapa, no llores. Escucha. No iremos a Madrid ahora; pero iré contigo a todas partes adonde vayas. ¿Comprendes?

Ella no dijo nada. Apoyó la cabeza contra la mejilla de Robert Jordan y le echó los brazos al cuello.

– Oye bien, conejito -dijo-, lo que voy a decirte. – Sabía que era preciso darse prisa y estaba transpirando abundantemente; pero era menester que las cosas fueran dichas y comprendidas. – Tú te vas ahora, conejito, pero yo voy contigo. Mientras viva uno de nosotros, viviremos los dos. ¿Lo comprendes?

– No. Me quedo contigo.

– No, conejito. Lo que hago ahora, tengo que hacerlo solo. No podría hacerlo contigo. ¿Te das cuenta? Cualquiera que sea el que se quede, es como si nos quedáramos los dos.

– Yo quiero quedarme contigo.

– No, conejito, oye. Esto no podemos hacerlo juntos. Cada cual tiene que hacerlo a solas. Pero si te vas, yo me voy contigo. De esa manera, yo me iré también. Tú te vas ahora; sé que te irás. Porque eres buena y cariñosa. Te vas ahora para que nos vayamos los dos.»

Esta escena final es sobre todo una oda a la vida. Pero hasta que uno no llega a este punto, que es ya al final de la novela, no comprende el sentido del prólogo de John Donne. La obra tuvo una gran aceptación desde su publicación en el 40. Y en el 43, en plena segunda guerra mundial, se estrenó la película con el mismo título, protagonizada por Gary Cooper en el papel de Robert Jordan e Ingrid Bergman en el de María, película que tuvo también un rotundo éxito comercial y además nueve nominaciones a los premios Óscar.

Y después de la guerra civil española, la segunda guerra mundial, durante la cual Hemingway actuó también como corresponsal de guerra, asistiendo al desembarco de Normandía y a la liberación de París por los aliados. Pero también siguió viniendo a su querida España, aunque tardó 14 años en volver, es decir, hasta el 53 y lo hizo sabedor de que no iba a tener ningún problema con la España franquista por haber colaborado con las brigadas internacionales durante la contienda. Y así fue. Sorprendentemente no le sucedió lo mismo en su propio país, como veremos en breve. Varios viajes se sucedieron en un breve intervalo y los españoles se habituaron a llamarle cariñosamente don Ernesto. La última vez que estuvo aquí fue en el 59, dos años antes de su muerte, para realizar un reportaje encargado por la revista Life sobre la rivalidad entre los toreros Luis Miguel Dominguín y Antonio Ordóñez -¿a quién sino a Hemingway se lo habrían encargado?-. Y es que el primero de estos diestros, tras su turbulenta relación con Ava Gardner, que tanto exasperó a Frank Sinatra, y su posterior matrimonio con la actriz italiana Lucia Bosè, se había convertido en un personaje preferido por la prensa rosa.

La salud de Hemingway ya se había deteriorado bastante: quedó malherido al final de la primera guerra mundial y en el 54 sufrió dos accidentes aéreos sucesivos en África que lo llevaron a las puertas de la muerte. Como escritor su fama estaba fuera de duda y se lo considera como uno de los mejores novelistas norteamericanos del siglo XX, acaso el más famoso. Su estilo conciso, sobrio y directo le valió el premio Pulitzer en 1953 y el Nobel de literatura el año siguiente. Tras su regreso del último viaje a España, sus problemas de salud se agravaron todavía más. Fue tratado con una terapia electrocompulsiva muy agresiva que lo dejó todavía peor. Bastantes años después de su muerte cayó en mis manos un ejemplar de La Gaceta Ilustrada en el que vi casualmente un artículo sobre los últimos días de Hemingway. Era la primera vez que tenía conocimiento de este personaje. El autor del artículo era un tal A. E. Hotchner, amigo y también el mejor biógrafo de Hemingway. Todavía recuerdo algunos pasajes del artículo. En uno de ellos Hotchner le pregunta a Hemingway por qué quiere morir y este le contesta:

«¿Qué es la vida? Estar fuerte; trabajar duro; comer y beber con los amigos; disfrutar en la cama. Yo no tengo ninguna de esas cosas.» Dicho sea de paso, Hemingway se casó cuatro veces y tuvo tres hijos. También añadió que le frustraba mucho el que, dondequiera que fuera, siempre le preguntaban cuál era el título de su próxima novela, cuando ya casi no era capaz de ordenar lo que había escrito.

En esta última parte de su vida Hemingway se quejaba de que el FBI seguía sus pasos, pero sus familiares y amigos pensaban que esto era una paranoia, una manía persecutoria. Sin embargo, cuando en 1980 esa agencia gubernamental hizo públicos algunos de sus archivos sobre Hemingway, resultó que este sí estaba en lo cierto, para gran sorpresa de Hotchner, y que este seguimiento pudo precipitar el desenlace final. Este desenlace se produjo el 2 de julio de 1961, cuando Hemingway se disparó en la boca con su escopeta preferida 19 días antes de que hubiera cumplido los 62 años.

Parece que el gen suicida anidaba en su familia: su padre se suicidó en 1928 a los 57 años; otros dos hermanos suyos también se suicidaron después de que Ernest lo hiciera; sus hijos vivieron entre la depresión y el alcoholismo; y para rematar, una nieta suya, Margaux Hemingway, que había adquirido cierta fama como actriz, también se suicidó a los 42 años en Santa Mónica (California) en 1996. En resumen: cinco suicidios a lo largo de tres generaciones discontinuas.

Así vivió y así murió este viejo león de la literatura, «Papa» Hemingway, como le solían llamar cariñosamente sus familiares y amigos, un vividor cuya afición innata por las escenas fuertes y violentas acortaron su vida e incluso lo llevaron al borde de la muerte. Aquellos que hemos admirado su obra y, como es mi caso, le estamos agradecidos por habernos ayudado a perfeccionar nuestro nivel de inglés, sentimos mucho la forma en que murió. También le agradecemos el amor que sintió por nuestro país y su cultura. En cierta ocasión dijo que a menudo, cuando se encontraba en su país, se sorprendía de que estuviese hablando consigo mismo en español. Sería una buena idea la de promocionar nuestro idioma como la lengua franca del diálogo interno. Pero volviendo nuevamente a su triste final, ¿cómo es posible que una persona como él, que escribió la oda a la vida que es el diálogo final entre Robert Jordan y María de su famosa novela y que esta historia de amor entre los dos, protagonizada por Gary Cooper e Ingrid Bergman, es en opinión de los entendidos en la materia una de las más bellas de la historia del cine, (cómo es posible) que pusiera punto final a su vida de esa manera? De momento ahí queda la pregunta.

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Violeta del Carmen Parra Sandoval (1917 – 1967) fue una cantante y compositora chilena, una de las principales compositoras folclóricas de América del Sur. Una de sus canciones más famosas se titula Gracias a la vida, versionada por muchos intérpretes, como Joan Báez, María Dolores Pradera, Plácido Domingo, Raphael, Alberto Cortez, Ana Belén, etc. La canción comienza así:

«Gracias a la vida que me ha dado tanto.

Me dio dos luceros, que cuando los abro,

perfecto distingo lo negro del blanco

y en el alto cielo su fondo estrellado

y en las multitudes el hombre que yo amo.»

Se trata de otra oda a la vida que Violeta publicó en 1966. Sin embargo, en una ocasión dijo que uno tenía que decidir el momento de su muerte; que ella decidiría el momento en que quisiera morir. Pues, bien, en 1967, un año después de publicar esta canción y a los 49 años de edad, se disparó en la cabeza como Hemingway.

Nuevamente retomamos la pregunta que nos hemos formulado al final de la semblanza de Hemingway y ahora también de Violeta Parra: ¿cómo es posible que estos autores de tan bellas odas a la vida acabaran suicidándose? Con el respeto que nos merecen los que decidieron poner fin a sus vidas de esta forma, puesto que ellos, encontrándose ya en otro nivel de la existencia, no pueden comunicarse con nosotros, los que nos encontramos deambulando por este valle de lágrimas, vamos a intentar esbozar una explicación.

Todos los cristianos conocen el significado de su logo, la cruz, el símbolo de la redención. Pero esta cruz también encierra otra simbología muy interesante: la de ser una intersección de dos dimensiones, la vertical y la horizontal. La dimensión vertical es la del Ser y va desde el suelo, donde se encuentra la roca inerte, pero que existe, hasta el cielo, que es donde convencionalmente situamos el lugar donde «tiene su residencia» el creador del universo. Por este motivo es la dimensión que otorga el sentido de transcendencia a nuestra vida. La dimensión horizontal es la del mundo de los sentidos que suministran información a nuestra mente, es decir, la dimensión del mundo que percibimos habitualmente. Es cierto que la vida es preciosa, muy bella, y así la cantan poetas y músicos; pero todos nos tenemos que enfrentar en algunos momentos de nuestras vidas a situaciones adversas que nos ponen a prueba y que nos pueden llevar incluso a salidas límite como el suicidio. Si nuestra vida está equilibrada, nos encontraremos en la intersección de las dimensiones vertical y horizontal, es decir, en el centro de la cruz. En este supuesto, aunque nuestra vida nos parezca miserable y sin sentido, también sabemos que estamos conectados con la esfera del Ser y esto nos llevará a a sentir un profundo respeto por la vida, que será como un don sagrado. Cuándo y dónde nacemos, cuándo morimos; todo esto son cosas que emanan de la dimensión del Ser y que otro decide por nosotros, no podemos determinarlo por nosotros mismos. Pero si solo vemos la vida desde la dimensión horizontal, entonces nuestras experiencias negativas nos pueden llevar a salidas extremas y al suicidio, como les sucedió a Hemingway y a Violeta Parra.

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Otro que también está preocupado por el tañido de las campanas es Paul McCartney, el alma de los Beatles, sí, el alma y también la cara bonita de este mítico grupo; John Lennon era el cerebro. Paul nació en Liverpool en 1942, aunque su apellido nos indica que era de origen irlandés (el prefijo Mc- significa lo mismo que nuestro sufijo -ez, como en Gonzál-ez: hijo de…). Compuso muchas canciones con este grupo; la más famosa es una bastante melancólica, Yesterday (ayer), que según el libro Guinness de los records es la canción más radiada de la historia y la más versionada del mundo por intérpretes como Frank Sinatra o Elvis Presley. Es interesante conocer cómo se gestó esta canción. En una mañana de otoño de 1963 Paul se despertó con una melodía rondándole la cabeza y supuso que había debido oírla en alguna parte. Pero a nadie le sonaba ese tema, por lo que decidió componer una canción sobre él; sin embargo, como no le venía a la mente ninguna letra que se acomodarse a la melodía, la tituló «Scrambled eggs» (huevos revueltos) y la dejó en espera. Pasaron dos años así, hasta que en el 65 voló con su novia hacia España para pasar unas vacaciones. Algún tiempo después salieron en coche hacia la costa meridional portuguesa. Mientras su novia dormitaba a su lado, Paul comenzó a darle vueltas a la melodía hasta que de pronto apareció la palabra Yesterday, cuyas tres sílabas encajaban con lo de la «tortilla francesa» y luego le fue viniendo el resto de la letra. Estos son los primeros versos en una traducción libre por nuestra parte:

«Ayer todos mis problemas parecían muy lejos;/ ahora parece como si estuvieran aquí presentes para permanecer/ oh, yo creo en el ayer. / De pronto no soy ni la mitad del hombre que acostumbraba a ser;/ hay una sombra colgando sobre mí/ oh, el ayer llegó de pronto».

Bien, no hay duda de que los paisajes de nuestro país son una buena fuente de inspiración para propios y extraños. Es decir, que los monjes del monasterio de Santo Domingo de Silos plantan un ciprés dentro del claustro y años más tarde lo contempla el poeta Gerardo Diego e inmediatamente compone el famoso soneto:

«Enhiesto surtidor de sombra y sueño / que acongojas el cielo con tu lanza/…Mástil de soledad…»

Pero volvamos a Paul McCartney. En su 14⁰ álbum en solitario, titulado Memory almost full (Memoria casi llena) hay una canción, The end of the end (El fin del fin), en la que Paul se pregunta cómo quisiera ser recordado después de su muerte. Estos son algunos de los versos de esta canción:

«El día en que me muera me gustaría que se contaran chistes/ y que las historias de antaño se extiendan como alfombras/ …El día en que me muera quisiera que sonaran campanas/ y canciones que se cantaron para ser colgadas como mantas/ …»

Parece que Paul se inspiró en una vieja tradición del Irish wake o velatorio irlandés, donde no solo se llora la pérdida de un ser querido, sino que también hay momentos más alegres y se cuentan chistes e historias de antaño, frente a la solemnidad y seriedad del velatorio anglicano. También parece que Paul McCartney está llevando una vida ordenada y que es consciente de la dimensión vertical de esta. Es una persona que ha sido muy afortunada: ya ha cumplido los 80 años y todavía sigue en activo, por lo que es de suponer que esperará pacientemente a que otro decida el momento en que doblen por él las campanas. Que así sea.


* Walden Fernández Lobo nació en el municipio de Aller (Asturias) en 1948. Es licenciado en Filosofía por la Universidad de Valencia (1971), Licenciado en Ciencias Económicas y Empresariales (especialidad en Economía general: monetaria, fiscal e internacional) por la universidad complutense de Madrid (1977) y Técnico Comercial y Economista del Estado desde 1981. Además de en Madrid, ha estado destinado, por este orden, en Bruselas, Budapest (Consejero Económico y Comercial en la embajada de España, Alicante (Director Territorial), Badajoz (Director Territorial) y en Lisboa (Consejero Económico y Comercial en la embajada de España).

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Autor del artículo

<a href="https://joseramonferrandis.es" target="_blank">José-Ramón Ferrandis</a>

José-Ramón Ferrandis

Nacido en Valencia (España) en 1951. Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense. Técnico Comercial y Economista del Estado. Salvo posiciones en Madrid, destinado sucesivamente en Ceuta (España), Moscú (URSS), Washington (EE. UU.), Moscú (Rusia) y Riad (Arabia Saudita). Profesor de Análisis Riesgo País, Análisis de tendencias y Mercados internacionales. Analista. Escritor (Globalización y Generación de Riqueza, África es así, Crimen de Estado). Áreas de especialización referidas a su trayectoria. Con el blog espera poder compartir experiencias y divulgar análisis sobre asuntos de interés general, empezando por el clima y terminando por la Geopolítica; sin dejar de lado la situación de España. Lo completará publicando semanalmente la Carta de los martes, que tiene 4 años de existencia.