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JRF

Un blog reaccionario

«Verum, Bonum, Pulchrum»

¿Cuándo se jostidió[1] Europa[2]?

por | 6 Mar 2023 | Países / Áreas geográficas

Si les digo que “en el principio fue el Verbo”, ustedes saben que estamos hablando de la palabra de Dios, y que Él nos indica el origen de todo cuanto es. No hay otro caso de infalibilidad absoluta referida al principio de cualquier cosa.

Europa es un convencionalismo. Sabemos de qué solemos hablar al referirnos a ella, pero sus límites son difusos, cuando no contradictorios o contestados. No obstante, vamos a convenir que se extiende desde Islandia a las Islas Canarias, pasando por Gibraltar, Ceuta y Melilla, Chipre, la antigua Tracia, los Urales y las Islas Svalbard. Rusia está dentro, pero sólo en parte. Turquía está definitivamente fuera.

La historia de la descomposición progresiva de Europa viene de atrás, de muy atrás. Ciertamente, antes tuvo que componerse, y lo hizo a partir de pequeñas estructuras de poder mejor o peor constituidas. No es el momento ahora, sin embargo: este es un pequeño ensayo sobre su muerte, no sobre su nacimiento.

A finales del Siglo XIX, Europa Occidental era el crisol de la primacía económica, financiera, demográfica, técnica y cultural del mundo. Los EE. UU. y Japón empezaban a despuntar. La tensión entre varios de los estados europeos era fuerte. Se había generado un tejido de alianzas defensivas que fueron esenciales en los acontecimientos por venir.

La carrera por controlar territorios en áreas del globo distintas de la propia Europa llevó a una considerable expansión colonial en África y Asia, acelerada a raíz de la Conferencia de Berlín de 1884, sobre todo entre Francia, Gran Bretaña y Alemania. Tuvo tintes económicos, desde luego, pero también geoestratégicos y políticos. Los choques fueron inevitables. Los avances tecnológicos comenzaron a cambiar el orden de prelación de los imperios. Alemania empezó a asumir el liderazgo comercial, financiero, industrial y naval que el Reino Unido venía ostentando desde la Revolución Industrial.

Antes de julio de 1914, los países integrantes de Europa Occidental[3] habían logrado[4], tras siglos de choques armados, una estabilidad razonable en la determinación de las respectivas fronteras y un cierto ten con ten en sus relaciones mutuas, con la excepción de Alemania y Francia, permanentemente enfrentadas[5]. El Reino Unido estaba más orientado hacia sus posesiones ultramarinas, una vez perdido el control sobre los EE. UU. La Europa del Sur era menos relevante. En Europa Oriental, dos imperios, el austrohúngaro y el ruso, se repartían lo esencial del territorio. La descomposición del Imperio otomano iba dejando un rastro de nuevas naciones, todas deseosas de asentar su existencia por cualquier medio.

La primera guerra intraeuropea reciente, prolegómeno de los graves enfrentamientos del Siglo XX, tuvo lugar entre Francia y Alemania. Se la conoce como guerra franco-prusiana, con su corolario: la anexión de Alsacia-Lorena por Alemania en 1871.

El caldo de cultivo social y político antecesor de la I Guerra Mundial era denso: en el caso de Francia, desde 1870 había ansias de venganza contra Alemania en su ejército y gran parte de la población. Desde 1895, la carrera armamentista inicialmente desencadenada entre Reino Unido y Alemania se extendió a todos los países europeos. Los gastos militares se multiplicaron entre 1870 y 1913, hasta incrementarse en un 300% en Reino Unido y Alemania y en un 200% en Francia.

La prensa y los intereses militares e industriales estimularon un nacionalismo excluyente que caló en las sociedades respectivas. Sus gentes terminaron odiándose. Como sabemos, Austria-Hungría y Rusia (en realidad, la Triple Alianza[6] y la Triple Entente[7]) entraron en guerra tras el asesinato del heredero del imperio austrohúngaro en Sarajevo. Y con ellos, sus aliados. Los países desencadenantes creyeron que se trataría de una guerra corta, seguida de una victoria fácil para ellos y demoledora para sus rivales. Se equivocaron, pues la guerra fue larga y la victoria, pírrica.

Los acontecimientos bélicos comenzaron a perder primacía en marzo de 1917 con la caída del gobierno ruso y la firma de un acuerdo de paz entre la Rusia de los soviets y las Potencias Centrales en marzo de 1918. El 3 de noviembre de 1918, el Imperio austrohúngaro firmó dos armisticios. Alemania, en plena revolución, firmó el armisticio el 11 de noviembre de 1918 en un vagón de ferrocarril situado en el bosque de Compiègne. Ese mismo día, a las 11 de la mañana, entró en vigor el alto el fuego[8].

Tras seis meses de negociaciones en la Conferencia de Paz de París, el 28 de junio de 1919 los países aliados firmaron el Tratado de Versalles con Alemania, y otros a lo largo del siguiente año con cada una de los Estados derrotados.

Las consecuencias de la Gran Guerra fueron enormes, como vamos a ver. El resultado agregado es que con esa guerra se inició el suicidio de Europa.

En el ámbito político, dejaron de existir cuatro grandes imperios: el Imperio alemán, el Imperio ruso, el Imperio austrohúngaro y el Imperio otomano. Se acentuó el período de revueltas y guerras civiles en varios países. La revolución rusa llevó al poder a los bolcheviques, que en 1922 crearon la Unión Soviética. Los EE. UU. se convirtieron en la primera potencia del mundo. Se creó la efímera Sociedad de Naciones, en un cándido intento por imposibilitar futuras guerras. Alemania se deslizó hacia la hiperinflación y posteriormente hacia el nacional socialismo.

En el social, murieron 10 millones de soldados, unos 20 millones fueron heridos y en torno a 8 millones fueron hechos prisioneros y casi siempre recluidos en campos. Unos 7 millones de civiles fueron asesinados. Todo ello produjo un malestar social de larga duración, especialmente entre los huérfanos y viudas. La pandemia de gripe norteamericana (1918), iniciada en un cuartel de Kansas (EE. UU.) y diseminada por los soldados del destacamento norteamericano, se cobró la vida de entre 50 y 100 millones de personas en todo el mundo. Hubo grandes desplazamientos de población al rediseñarse las fronteras europeas. Creció rápidamente la mano de obra femenina al tener que reemplazar a los hombres, que se hallaban en el frente. Se redujo la natalidad. Los años de racionamiento provocaron que la mortalidad de la población civil aumentara. En el caso de Alemania el incremento alcanzó el 37 % en 1918[9].

En el económico, muchos elementos de la infraestructura de los países europeos, en especial vías de comunicación, puentes, puertos y ferrocarriles, quedaron dañados o destruidos. Las estimaciones de costes directos de la guerra ascendieron a entre 180.000 y 230.000 millones de dólares (paridad de poder de compra de 1914). Los indirectos, consecuencia de daños a propiedades, alcanzaron al menos 150.000 millones. Los enormes gastos en que incurrieron los países beligerantes generaron grandes crisis financieras y deudas a largo plazo. Como consecuencia directa de la guerra, se produjo un enorme deslizamiento en favor de la ampliación del poder del Estado (léase del gobierno) en Reino Unido, Francia y Estados Unidos. Se crearon nuevos impuestos que, tras la guerra, no desaparecieron (no todos). La caída del PIB en las Potencias Centrales, Francia, Rusia y el Imperio otomano contrastó con su incremento en los EE. UU., el Reino Unido e Italia.

En el territorial, como consecuencia de los tratados de Brest-Litovsk, Versalles, Saint-Germain, Neuilly, Trianon y Lausana, entre 1918 y 1923, Alemania perdió gran cantidad de territorios europeos y todas sus colonias en África y Oceanía. El Imperio austrohúngaro se descompuso en cuatro Estados independientes: Austria, Checoslovaquia, Hungría y Yugoslavia. El Imperio otomano desapareció y se denominó República de Turquía desde 1923, con una fortísima contracción territorial. El Imperio ruso implosionó y habilitó la independencia de Finlandia, Polonia, Estonia, Letonia y Lituania.

Si lo ocurrido fue dramático y de enorme magnitud, palidece ante lo acontecido entre 1939 y 1945. El lector conoce bien los hechos, por lo que el detalle será innecesario.

Los antecedentes de la Segunda Guerra Mundial se encuentran sin duda en el Tratado de Versalles, claramente lesivo para Alemania. Francia quiso laminar a su vecino y tradicional enemigo por medio de una imposición que fue denunciada desde el principio como incumplible. A ello se unió la idiocia nacionalista norteamericana que, para salir de una crisis provocada por su banca central[10], generó el mayor problema comercial y económico (por este orden) del período de entreguerras: la Smoot-Hawley Act[11]. El epifenómeno de estas crisis fue el nacional socialismo alemán, que junto con el comunismo soviético fueron socavando la paz del período. La Sociedad de Naciones fue inoperante con Japón, Italia, Alemania y la URSS, ésta después del inicio de la segunda Guerra Mundial, por lo que pasó con más pena que gloria.

La Alemania nacionalsocialista, una vez violentado el Tratado de Versalles con la militarización de Renania y la anexión de Austria, obtuvo en 1938 el territorio de los Sudetes. No contenta con ello, tras firmar un tratado con la URSS para repartirse Polonia, atacó este país el 1 de septiembre de 1939. Después de ocupar gran parte de Europa Occidental y someter a Francia tanto por conquista como por pacto con el gobierno que administraba el resto, Alemania atacó a la Gran Bretaña y en junio de 1941, a la URSS. El sur de Europa estaba controlado, en parte, por el acuerdo y coordinación con la Italia de Mussolini. El Norte de África estaba en cuestión. Cuando la fortuna parecía sonreír a Hitler, comenzó a sufrir derrotas en el frente soviético a partir de finales de 1941. El ejército norteamericano había declarado la guerra al Eje tras el ataque japonés a Pearl Harbor. Había entrado en el hinterland alemán por Sicilia en 1943. El ejército alemán comenzó a retroceder. En junio de 1944 se abrió un segundo frente en Normandía, por donde las tropas norteamericanas se precipitaron sobre Francia y el resto de Europa. El 7 de mayo de 1945, Alemania firmó la rendición incondicional ante los EE. UU. y el 8, ante la URSS.

Si los daños humanos y materiales de la I Guerra Mundial fueron enormes, los de la Segunda fueron muy superiores, afectando a la casi totalidad del continente, con la excepción de España, Portugal, Suecia y Suiza.

Se estima que las bajas totales (muertes) fueron próximas a los 70 millones de personas. Los costes económicos se cifran en tres billones de dólares, mucho más valiosos entonces que ahora, ciertamente.

El resultado último de todo lo acontecido fue un tremendo deterioro de las condiciones de vida de las poblaciones involucradas. No sólo eso. La URSS ocupó[12] durante más de 40 años el Este de Alemania y colocó gobiernos títeres en Polonia, Hungría, Checoslovaquia y Bulgaria, sumiéndolos en la subordinación y en la miseria. Además, condicionó los de Rumania y Yugoeslavia. Los EE. UU. Lo hicieron durante bastantes menos años en dos de ellos[13], derrotados en la guerra. Sólo el Plan Marshall y la liberalización de los intercambios pudieron sacar a los países europeos occidentales de la penosa situación en la que habían caído.

Tanto la guerra franco-prusiana, como la Primera y la Segunda Guerra Mundial, hunden muchas de sus raíces en la rivalidad francoalemana, aunque los catalizadores concretos fueran el asesinato del heredero del Imperio Austrohúngaro por un nacionalista serbio y la invasión de Polonia por la Wehrmacht.

Así, los supervivientes europeos de la Segunda Guerra Mundial, con buen criterio, pensaron que una Tercera Guerra Mundial en suelo europeo, motivada por la tradicional enemistad germanofrancesa, era más de lo que podíamos permitirnos (como europeos) y buscaron la manera de conseguir que ambos países fueran del bracete de entonces en adelante.

La iniciativa de crear instituciones en el sector del carbón y del acero (CECA, 1953), en el sector del aprovechamiento del “átomo para la paz” (EURATOM, 1956) y en el ámbito del comercio internacional (Mercado Común Europeo, MCE, 1957) fue un acierto fundamental. Parecía que Europa volvía a ser un polo de crecimiento, de belleza, de paz y de cooperación. Pero la fibra moral, el sentimiento de trascendencia, la ley natural y el orden derivado de una ley positiva asociada a la natural habían muerto en las guerras. El nihilismo tomó el lugar del Cristianismo (ya muy difuminado en el comportamiento de las élites) y un difuso complejo de culpa heredado de la pulsión mosaica se enseñoreó del pensamiento, las instituciones y los medios. Sin rival.

En línea con unas pretensiones exageradas y sin fundamento, el MCE devino Unión Europea, víctima de los delirios de grandeza de, sobre todo, Alemania y Francia, que deseaban pasar a un estadio superior, imperial, para constituir un remedo de Europa que ellos manipularían, como elementos centrales de la UE. Y el mecanismo de cooperación fue reemplazado por otro de imposición.

Con todo, la subordinación a los EE. UU. y a la URSS fue un hecho hasta 1991, y desde entonces, China ha tomado el testigo soviético. Europa, confundida a menudo con la UE, se retrasa en múltiples campos, por no decir en todos. Sin entereza, sin ética, sin la prevalencia moral del Cristianismo, sin ventajas comparativas, desangrándose demográficamente a chorros, sometida a una invasión permanente procedente de las antiguas colonias y en manos de verdaderos bastardos de políticos que desde Bruselas lanzan normas que ponen sistemáticamente trabas al funcionamiento de la economía, Europa muere rápidamente.

Y nosotros con ella[14].

[1] Me tomo la libertad de fusionar dos términos de uso común, uno de los cuales es difícilmente aplicable en sentido estricto. No llego al virtuosismo de Jesús Gil y Gil, personaje ben conocido, cuando – inadvertidamente – enriqueció el idioma español con el vocablo ostentóreo, perfecta síntesis de ostentoso y estentóreo, que la Real Academia no ha aprobado todavía. Y en cuanto al título como tal, parafraseo aproximadamente al genial Mario Vargas Llosa en el inicio de “Conversaciones en la Catedral”.

[2] Y con ella, la Cristiandad, pero ese es otro debate.

[3] El término “Europa Occidental” es un recurso geográfico y político.

[4] No hablaré de los enfrentamientos coloniales entre Alemania, Francia y la Gran Bretaña porque desviaríamos la atención.

[5] En mi opinión, el núcleo que con su explosión desencadenó el final de Europa como entidad es la persistente hostilidad francoalemana, permanentemente irresuelta, aunque antes de 1870, en puridad, no podía llamarse así.

[6] El Imperio alemán, el Imperio Austrohúngaro e Italia (ésta, de aquella manera)

[7] Francia, el Reino Unido y el Imperio ruso.

[8] Ya saben, el 11 del 11 a las 11.

[9] Alemania racionó el consumo de productos básicos desde noviembre de 1914. Sus casi 70 millones de habitantes recibieron cada vez menos alimentos según avanzaba la guerra.

[10] La Reserva Federal, creada en 1913.

[11] Que supuso la elevación de más de 20.000 posiciones arancelarias ante su importación. Las represalias destrozaron el comercio mundial y la economía de cada país, tanto más fuertemente cuanto más abierto a los intercambios estaba. El presidente Herbert Clark Hoover tuvo que firmar la ley, estando en contra, a sabiendas de lo que iba a acontecer.

[12] Además de rediseñar las fronteras a su capricho.

[13] Alemania y Austria.

[14] Salvo que una injustificada agresión calificada como exterior desarrolle un efecto unificador y catártico que invierta el orden de las cosas. Sería una novedad.

Autor del artículo

<a href="https://joseramonferrandis.es" target="_blank">José-Ramón Ferrandis</a>

José-Ramón Ferrandis

Nacido en Valencia (España) en 1951. Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense. Técnico Comercial y Economista del Estado. Salvo posiciones en Madrid, destinado sucesivamente en Ceuta (España), Moscú (URSS), Washington (EE. UU.), Moscú (Rusia) y Riad (Arabia Saudita). Profesor de Análisis Riesgo País, Análisis de tendencias y Mercados internacionales. Analista. Escritor (Globalización y Generación de Riqueza, África es así, Crimen de Estado). Áreas de especialización referidas a su trayectoria. Con el blog espera poder compartir experiencias y divulgar análisis sobre asuntos de interés general, empezando por el clima y terminando por la Geopolítica; sin dejar de lado la situación de España. Lo completará publicando semanalmente la Carta de los martes, que tiene 4 años de existencia.