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Carta de los martes del 13 de diciembre de 2022

por | 13 Dic 2022 | Carta de los martes

Queridos amigos:

El 13 de diciembre de 1545, en una antigua ciudad del norte de Italia[1], se inició el Concilio[2] de Trento[3], convocado por el papa Paulo III, tanto para hacer frente a la Reforma protestante[4] como para aclarar diversos puntos doctrinales[5]referidos a los dogmas católicos tras la enorme degradación a la que había llegado la Iglesia católica en el Siglo XVI. La fase de profunda crisis se debía fundamentalmente a los excesos de su cúpula: obispos inadecuados, nombramientos políticos, simonía[6], incumplimiento de las normas más básicas de decoro y comportamiento, desconsideración, abandono generalizado de los tres votos[7]… La Iglesia católica se desangraba.

Detectado y diagnosticado el problema, muchos altos dignatarios de la Iglesia habían intentado mejorar la situación a lo largo del tiempo. Los cardenales Francisco Jiménez de Cisneros y Pedro González de Mejía, así como el arzobispo de Granada Hernando de Talavera, se dedicaron durante el reinado de los Reyes Católicos a mejorar la institución eclesial, nombrando obispos de grandes cualidades y fundando establecimientos educativos. En Alemania se destacó en esa labor el obispo Nicolás de Cusa. No fue suficiente, empero, tanto porque el problema estaba profundamente enquistado como porque los enfrentamientos políticos entre los principados alemanes estaban creando profundas grietas en el orbe católico.

Desde 1518, los protestantes alemanes solicitaron convocar un concilio específicamente alemán. Por su lado, el emperador Carlos I intentaba aunar a católicos y reformistas para poder hacer frente con garantías al turco. En la Dieta (o Asamblea, Reichstag) de Worms (1521) se intentó llegar a un acuerdo, sin éxito: Martín Lutero (presente físicamente en la Dieta), lejos de retractarse, acusó a Roma de tiranía. En el Edicto de Worms, Roma calificó a Lutero de delincuente y prohibió la lectura y posesión de sus escritos. La crisis luterana, de honda raigambre política, cuyos fundamentos se encontraban precisamente en la descomposición de la jerarquía eclesiástica y sus maneras, había dividido profundamente a la Iglesia.

El emperador Carlos prohibió el concilio nacional germánico, pero notificó al Papa Clemente VII que consideraba conveniente la convocatoria de un concilio general o ecuménico[8] y propuso la ciudad de Trento como lugar apropiado[9]. En 1529, el Papa se comprometió a celebrarlo, pero su materialización sufrió sucesivos aplazamientos y cambios de lugar por diversos motivos. La mayoría de los prelados se mostraban reacios a celebrar un concilio en aquellos momentos[10]. El cardenal legado Lorenzo Campeggio se oponía, convencido de que los protestantes no eran honestos al solicitarlo. Los príncipes católicos quisieron que el concilio se celebrara en Alemania[11], pero el Papa propuso celebrarlo en Roma. Además, Enrique VIII de Inglaterra y, sobre todo, Francisco I se dedicaron a poner impedimentos. Tampoco fueron ajenos los enfrentamientos entre el Emperador y el Papa. Por fin, en 1529, el Papa se mostró dispuesto a convocar un concilio general para el verano de 1530, si era necesario.

El Emperador llegó a la conclusión de que Clemente VII no deseaba realmente celebrar el Concilio. Mientras tanto, los príncipes protestantes se ratificaban en sus doctrinas y rehusaban retractarse de las posturas que habían tomado. Clemente VII ponía constantemente pegas al Concilio. Francisco I intentó frustrar la convocatoria poniendo condiciones incumplibles, haciendo imposible la celebración que ya había sido acordada entre todos los demás para el 28 de noviembre de 1531. En 1532, en Bolonia, el Emperador y el Papa decidieron que el Concilio debía reunirse tan pronto como se obtuviera la aprobación de todos los príncipes cristianos. Tanto Francisco I como Enrique VIII dieron largas y los protestantes alemanes rechazaron las condiciones propuestas por el Papa, quien falleció en septiembre de 1534.

El siguiente Papa, Paulo III (1534-49), cuando era el cardenal Alejandro Farnesio, había favorecido decididamente la reunión conciliar. Tras su elección, llamó a Roma a distinguidos prelados[12]. Representantes de Carlos V y Fernando I trabajaron para acelerar la celebración del Concilio. Sin embargo, Los príncipes alemanes protestantes, reunidos en la Liga de Esmalcalda (1535), se opusieron, recibiendo el apoyo de Enrique VIII y, de nuevo, Francisco I[13].

Las malas relaciones entre el Papa y el Emperador y la guerra entre Carlos V y Francisco I ocasionaron otra prórroga (6 de julio de 1543). Tras la Paz de Crespy (17 de septiembre de 1544) llegó la reconciliación entre Pablo III y Carlos V. El mismo Francisco I cambió de posición y se declaró a favor de Trento como lugar de reunión. El 19 de noviembre de 1544, la bula «Laetare Hierusalem» convocaba el Concilio en Trento para el 15 de marzo de 1545. Como en marzo sólo había en Trento unos pocos obispos, Paulo III[14] convocó nuevamente el Concilio Ecuménico[15] para el 13 de diciembre de 1545[16]. La primera sesión formal se celebró en el coro de la catedral de Trento tras la Misa del Espíritu Santo.

No fue fácil. Habían transcurrido quince años de período preconciliar, teñido de vacilaciones y recelos. Si tenemos en cuenta que el 4 de diciembre de 1563 se celebró la vigesimoquinta y última sesión del Concilio, y que, por tanto, éste duró 18 años, podemos concluir que no sólo fue acaso el más importante de los concilios sino también el más difícil de celebrar, amén del más largo de la historia. Pero veamos con detalle su contenido.

En 1545 se inauguró el Concilio, donde destacó la representación española por su formación técnica. Trento mostró una actitud abierta para escuchar las distintas escuelas teológicas. Destacó la numerosa presencia alemana. La amenaza de una epidemia de peste obligó a suspender el Concilio hasta 1551. Entonces, Carlos V sufrió la traición de su aliado Mauricio de Sajonia, quien se pasó a los protestantes y atacó al Emperador en Innsbruck, por lo que en 1552 se volvió a suspender el Concilio, pues tanto la ciudad de Trento como los miembros del Concilio corrían peligro.

Entre 1545 y 1563 se realizaron un total de 25 sesiones plenarias en las que se trataron todos los puntos previstos, referidos a la doctrina y la disciplina eclesiástica.

Las reuniones se prolongaron (con largas interrupciones) hasta el 4 de diciembre de 1563, fecha en que concluyó el Concilio, ya con Pío IV y sin representación alemana. En su transcurso se pueden diferenciar tres períodos, con tres papas diferentes. Durante Paulo III[17] se trataron los temas de doctrina cuestionados por los protestantes. Con Julio III[18], (1551-1552) algunos príncipes alemanes y delegados del luteranismo asistieron al Concilio. Al no llegar a acuerdo alguno, resurgieron las tensiones y el Concilio se suspendió de nuevo. La tercera etapa, habilitada por Pío IV, tuvo lugar entre 1562 y 1563. Se hizo evidente que la separación de los protestantes era inevitable y las discusiones se centraron en las reformas necesarias para que la Iglesia católica reforzara su posición y mantuviera su primacía y sus fieles, estableciendo las líneas fundamentales de la Reforma católica, llamada Contrarreforma.

En el Concilio había dos posturas claramente enfrentadas: una, que proponía una actitud conciliadora hacia los protestantes para llegar a un acuerdo con ellos, y otra, la que no estaba dispuesta a transigir, que acabó por imponerse. Destacaron en el Concilio los jesuitas Diego Laínez, Alfonso Salmerón (ambos enviados por el Papa), Juan Arza (enviado por el Emperador) y Francisco Torres. La filosofía la inspiró Cardillo de Villalpando y las normas sobre sanciones de conductas erradas tuvieron como exponente principal al obispo de Granada, Pedro Guerrero. Nombres de participantes que merecen destacarse por sus contribuciones son los de Domingo de Soto O. P.[19], Ambrosio Catarino O.P., Reginaldo Pole, Jerónimo (Girolamo) Seripando General de la Orden O.S.A.[20] y Melchor Cano O.P. Los teólogos y prelados españoles e italianos fueron los más importantes, tanto por su número como por la influencia que ejercieron.

Sus decisiones cubrieron diversos ámbitos. En el primero, los protestantes admitían como única autoridad infalible la de las Escrituras. El Concilio afirmó que la tradición (las enseñanzas recibidas oralmente de los Apóstoles y conservadas a través de los siglos en los textos de los Padres Apostólicos, de los Padres del desierto y de los Padres de la Iglesia, así como las aportaciones del Papado y los concilios) constituyen, junto con las Escrituras, uno de los fundamentos de la Fe.

El segundo confirmó y definió los dogmas y prácticas rechazadas por los protestantes (la presencia real de Cristo en la Eucaristía, así como la transustanciación durante la misa; la justificación por la fe y por las obras, la conservación de los siete sacramentos[21], las indulgencias, la veneración de la Virgen María y los santos …), fijando con nitidez la frontera entre la ortodoxia y las herejías, diferenciando claramente entre la Iglesia Apostólica[22] y los movimientos surgidos del luteranismo. Reafirmó el libre albedrío y la inclinación al bien de los seres humanos.

El tercero adoptó medidas para asegurar un clero de acrisolada moral y más instruido. Se confirmó la exigencia del celibato clerical, la obligación de residencia para obispos (en sus diócesis) y curas y la creación de seminarios para la formación de sacerdotes[23]. Los obispos debían poseer idoneidad y una vertebración ética intachable. Se prohibió la acumulación de beneficios. El Concilio eliminó algunas costumbres, como la mal llamada «venta de indulgencias»[24].

El cuarto reforzó la jerarquía y, con ello, la unidad católica, al afirmar la supremacía del Papa, “Pastor Universal de toda la Iglesia”.

El quinto impuso, en contra de la opinión protestante, la necesidad de la existencia mediadora de la Iglesia, como Cuerpo de Cristo, para lograr la salvación del hombre, reafirmando la jerarquía eclesiástica. Se ordenó a los párrocos predicar los domingos y los días de fiestas religiosas, así como impartir catequesis a los niños. Además, debían registrar nacimientos, matrimonios y decesos. Se prohibieron los duelos, con gravísimas penas para los infractores.[25]

El sexto reafirmó la validez de los siete sacramentos y la necesidad de aunar fe y buenas obras; ambas, más la gracia divina, bastaban para lograr la salvación[26]. El Concilio se opuso a la tesis de la predestinación de Calvino[27]. Se afirmó la existencia del purgatorio. Para cumplir sus mandatos, se creó la Congregación del Concilio, dándose a conocer sus disposiciones a través del “Catecismo del Concilio de Trento”[28]. Se reinstauró la práctica de la Inquisición. El Concilio creó el Índice, que estableció una censura contra la publicación de textos contrarios a la fe católica.

Aunque no consiguió reunificar la Cristiandad, el Concilio de Trento supuso para la Iglesia católica una profunda catarsis. Desde un punto de vista doctrinal, fue uno de los concilios más importantes e influyentes de la historia de la Iglesia católica. Trento definió las nuevas normas dogmáticas, litúrgicas y éticas de la Iglesia, más concretamente las prácticas rechazadas por los protestantes. Se estimuló la realización de ritos de piedad popular como el rezo del rosario, las celebraciones de fiestas religiosas como la Semana Santa y el Corpus Christi; las procesiones y la devoción de los santos.

En 1592, tras el Concilio, se publicó una edición definitiva de la Biblia, sola fuente de la revelación de la verdad divina, aunque otorgando también dicho carácter a la Tradición, negándose su libre interpretación defendida por los protestantes[29], al considerar ésta una tarea del Papa y los obispos, herederos de San Pedro y los apóstoles, a quienes Cristo asignó esa misión. Además, los padres conciliares declararon que la Vulgata era el texto auténtico para sermones y debates, sin excluir correcciones textuales.

Se reorganizó el gobierno de los Estados pontificios. Se establecieron las nunciaturas, delegaciones diplomáticas del Vaticano en los países católicos para aconsejar a los reyes y controlar a las jerarquías religiosas. Se instó a utilizar ornamentación de las iglesias, el empleo de música sacra, y el uso de imágenes en las celebraciones. Se impuso un control severo de la producción literaria y artística sagradas.

En resumen, Trento expurgó y reforzó la estructura de la iglesia y ordenó sus fuerzas para el futuro, consolidando la Contrarreforma para enfrentar la Reforma protestante. Reafirmando la doctrina tradicional, el Concilio de Trento fijó el contenido de la Fe católica y definió lo que sería el catolicismo durante los cuatro siglos siguientes. Sólo en el Concilio Vaticano II, en la década de 1960, tuvo lugar un reexamen profundo de las posiciones de la Iglesia romana[30].

El Concilio Ecuménico de Trento ha demostrado ser de la mayor importancia para el desarrollo de la vida de la Iglesia. Ningún concilio ha desarrollado sus tareas en circunstancias más difíciles y ninguno ha tenido que decidir tantas cuestiones trascendentes. La asamblea demostró al mundo que, a pesar de la repetida apostasía en la vida de la Iglesia, había en ella suficiente fuerza religiosa y capacidad de defensa de los principios inmutables del cristianismo. Se proclamó la verdad divina infalible, en oposición a las falsas doctrinas de su tiempo. De esta forma se establecieron firmes fundamentos para vencer la herejía y para ejecutar una genuina reforma interna de la Iglesia católica.

Trento promulgó catorce decretos doctrinales y trece decretos sobre la reforma de la atención pastoral y la disciplina de la Iglesia. Por lo que se refiere a la obra pastoral y disciplinaria, las decisiones de Trento fueron trascendentales.

La frase de hoy refleja la postura oficial de la Iglesia Católica Romana en la Dieta de Worms, a la que asistió Martin Lutero. En la 2ª de Pedro 1; 20, 21, se dice literalmente: «Pero, ante todo, tened presente que ninguna profecía de la Escritura puede interpretarse por cuenta propia; porque nunca profecía alguna ha venido por voluntad humana, sino que hombres movidos por el Espíritu Santo, han hablado de parte de Dios.» La postura de Lutero era opuesta y fue por ello excomulgado y separado de la Iglesia.

Cordiales saludos

José-Ramón Ferrandis

[1] Que entonces era una ciudad imperial libre regida por un príncipe-obispo. Trento estaba en la Italia del norte, pero era ciudad imperial y cabía esperar que consintieran en acudir los protestantes, que nunca participarían en un Concilio celebrado en suelo papal.

[2] Cuya denominación proviene del término conciliar, es decir, “poner de acuerdo a dos o más personas o cosas”. Obviamente, ello implica un profundo desacuerdo previo.

[3] Paulo III intentó reunir el Concilio primero en Mantua, en 1537, y luego en Vicenza, (1538), al tiempo que mediaba en Niza para lograr la paz entre Carlos I de España y V del Sacro Imperio Romano Germánico, por un lado y Francisco I de Francia por otro.

[4] Considerada una herejía por el Vaticano.

[5] Que veremos después en detalle, pero afectaron a las Sagradas Escrituras, la Tradición, los Sacramentos, el celibato de los sacerdotes, la afirmación de la supremacía de la autoridad papal y la delimitación de los campos de trabajo de los teólogos.

[6] La simonía es la venta de beneficios espirituales a cambio de bienes materiales. Lo espiritual tiene un alcance mayor del correspondiente al término utilizado, pues Incluye cargos eclesiásticos, sacramentos, reliquias, promesas de oración, la jurisdicción eclesiástica, la excomunión y otras. Fue notable en la Edad Media y principios del Renacimiento.

[7] Es decir, pobreza, castidad y obediencia.

[8] Que significa universal, que se extiende por todo el orbe. Fue la reunión de los principales cargos de la Iglesia para tratar temas eclesiásticos, con repercusiones en toda la Cristiandad.

[9] El Emperador Carlos deseaba la reunión del Concilio, que entendía serviría para rehacer la unidad religiosa del Imperio. El fortalecimiento del poder de Carlos que ello supondría indujo al otro gran monarca católico de Europa, Francisco I de Francia, se opusiera por todos los medios.

[10] Básicamente, querían conservar su modus vivendi, muy satisfactorio para ellos, pero enormemente abrasivo para la Iglesia.

[11] En cursiva para indicar que, a la sazón, no había ni un país ni un Estado con ese nombre.

[12] Paulo III creó una comisión para examinar el estado de la iglesia. El informe fue demoledor. Papas y cardenales se habían corrompido. El soborno para obtener cargos en la iglesia era generalizado. Los monasterios habían perdido su disciplina. Se abusaba por doquier de la venta de indulgencias.

[13] El caso de Francisco I es especialmente grotesco. En 1536, Carlos V llegó en Roma a un completo acuerdo con el Papa respecto al Concilio. El 2 de junio, el Papa publicó la Bula llamando a reunirse en Mantua el 23 de mayo de 1537 para celebrar un concilio general. El rey francés tenía una actitud cambiante y ambigua frente al Papa, la amenaza turca y los protestantes, mientras que Carlos I se mostró claro y decidido en estos temas. A pesar de ello, el Papa siempre aparecía neutral en sus disputas, lo que irritaba profundamente al emperador. Carlos V, escribió una carta de reproche a Paulo III. Francisco I aprovechó la guerra que había estallado entre él y Carlos en 1536 para declarar imposible la asistencia de los obispos franceses al concilio. El curso de los acontecimientos era continuamente obstaculizado por Francisco I. Tras varias infructuosas negociaciones con Carlos V y con Francisco I, en el consistorio del 21 de mayo de 1539 se pospuso el concilio indefinidamente. Paulo III convocó el 22 de mayo de 1542 un Concilio ecuménico que se reuniría en Trento el 1 de noviembre del mismo año. Los protestantes atacaron violentamente al Concilio y Francisco I se opuso enérgicamente; ni siquiera permitió que se publicase en su reino la Bula de la convocatoria.

[14] Paulo III murió el 10 de noviembre de 1549.

[15] Ecuménico significa universal, mundial, general.

[16] El Emperador intentó, como hizo con la Dieta de Worms, que estuvieran representados los protestantes, para que el concilio fuese verdaderamente ecuménico. En cada uno de los tres períodos invitó a los protestantes y les ofreció salvoconductos. Carlos nunca vaciló en su determinación de que se efectuara el concilio tan pronto como hubiera un período de paz general en la cristiandad.

[17] Entre 1545 y 1549.

[18] Julio III murió en 1555. Le sucedió Marcelo II (1555), anterior cardenal legado en Trento, Marcelo Cervini, quien murió veintidós días después de su elección.

[19] O.P. por Orden de Predicadores, es decir, dominicos.

[20] O.S.A. por Orden de San Agustín, agustinos.

[21] Afirmó que la libertad se alimenta de la gracia a través de los siete sacramentos

[22] Como la Iglesia católica romana está inspirada por el Espíritu Santo, no yerra en materia de Fe.

[23] Similares recomendaciones de residencia, predicación, cura de almas, vida austera, uso del traje talar, y otras se hicieron a los párrocos. El Concilio hizo especial hincapié en el celo que habría de ponerse en la selección, formación moral, teológica y doctrinal de los curas, para lo cual pedía a los obispos que establecieran seminarios diocesanos.

[24] Algunos eclesiásticos, concretamente miembros de la curia papal, se resistieron a cualquier reforma que pudiera entorpecer sus estilos de vida. Su resistencia fue vencida. la revuelta de Lutero había sido impulsada por la “ambición, avaricia y codicia” del clero, lo que podía acabar con la Iglesia católica.

[25] «Extermínese enteramente del mundo cristiano la detestable costumbre de los desafíos, introducida por artificio del demonio para lograr a un mismo tiempo que la muerte sangrienta de los cuerpos, la perdición de las almas…Los que entraren en el desafío, y los que se llaman sus padrinos, incurran en la pena de excomunión y de la pérdida de todos sus bienes, y en la de infamia perpetua, y deban ser castigados según los sagrados cánones, como homicidas; y si muriesen en el mismo desafío, carezcan perpetuamente de sepultura eclesiástica.»

[26] Como es sabido, Lutero sostenía que el hombre se salvaba por la sola Fe, sin conjunción con las obras que realizase.

[27] La tesis de la predestinación de Calvino asegura que el hombre está predestinado a su salvación o condena, sin que esté en su mano hacer nada al respecto. En refutación, la Iglesia sostiene que el hombre puede y debe realizar buenas obras, ya que el pecado original (cuyo dogma quedó promulgado en el Concilio) no destruye la naturaleza humana.

[28] El Catecismo del Concilio de Trento, publicado en 1566, estuvo vigente hasta 1959 (el Concilio Vaticano II acabó con él).

[29] Reformadores como Lutero habían estado traduciendo la Biblia a lenguas vernáculas. El Concilio sostuvo que la única Biblia era la Vulgata latina y que ninguna interpretación privada de las Escrituras podía apartarse de las enseñanzas de la iglesia. Se rechazó el punto de vista protestante de la Sola scriptura; junto con las Escrituras, la tradición preservada por la iglesia era una fuente de autoridad.

[30] Lo que, a la luz del tiempo transcurrido y los eventos inducidos, ha supuesto la destrucción de los fundamentos y la liturgia, abocando a la Iglesia católica a una vertiginosa desaparición. Las frases de Pablo VI son desgarradoras, por prístinas. Se dieron a principios de la década de los 70’s. Eran tiempos agitados, postconciliares. El papa Pablo VI escribió una carta que permaneció inédita hasta 2018, cuando apareció en el libro “La barca di Paolo”, del sacerdote Leonardo Sapienza, regente de la Casa Pontificia. El 29 de junio de 1972, Pablo VI tenía la cada vez más clara impresión de que había algo profundo y negativo que afligía a la Iglesia. La secularización y la falta de unidad interna eran dos grandes problemas para la Iglesia. “…Diríamos que, por alguna rendija misteriosa – no, no es misteriosa – por alguna rendija, el humo de Satanás entró en el templo de Dios. Hay duda, incertidumbre, problemática, inquietud, insatisfacción, confrontación”.

Autor del artículo

<a href="https://joseramonferrandis.es" target="_blank">José-Ramón Ferrandis</a>

José-Ramón Ferrandis

Nacido en Valencia (España) en 1951. Licenciado en Ciencias Políticas por la Universidad Complutense. Técnico Comercial y Economista del Estado. Salvo posiciones en Madrid, destinado sucesivamente en Ceuta (España), Moscú (URSS), Washington (EE. UU.), Moscú (Rusia) y Riad (Arabia Saudita). Profesor de Análisis Riesgo País, Análisis de tendencias y Mercados internacionales. Analista. Escritor (Globalización y Generación de Riqueza, África es así, Crimen de Estado). Áreas de especialización referidas a su trayectoria. Con el blog espera poder compartir experiencias y divulgar análisis sobre asuntos de interés general, empezando por el clima y terminando por la Geopolítica; sin dejar de lado la situación de España. Lo completará publicando semanalmente la Carta de los martes, que tiene 4 años de existencia.