Esta frase es de “Pichulita Cuéllar”, protagonista de la novela “Los cachorros”, de Mario Vargas Llosa. Ha alcanzado un predicamento internacional en lengua española y se ha convertido en una expresión que se utiliza con frecuencia para anunciar una quiebra sistémica.
Viene a cuento de esta otra historia, ésta completamente real, que tuvo lugar en la Hungría soviética. No tiene que ver con el Perú, sino con la Iglesia Católica, que aquí comenzó su actual declive, ya verán cómo y por qué.
Empecemos por el principio. József Mindszenty nació el 29 de marzo de 1892 en Csehimindszent, Austria-Hungría. Nacido József Pehm, fue cardenal y octogésimo tercer arzobispo de Esztergom, Hungría.
Durante la revolución comunista de 1919 que dio paso a la efímera República soviética húngara[1], József fue arrestado por el gobierno socialista de Mihály Károlyi el 9 de febrero de 1919 por enfrentarse a las políticas socialistas. Recién liberado, fue vuelto a arrestar por el gobierno comunista de Bela Kun el 30 de julio siguiente e internado en un campo de concentración junto con su obispo. Una vez derrotado el régimen, fue puesto en libertad, junto con los demás religiosos detenidos.
In 1939, Mindszenty exhortó a sus fieles a no votar a favor del partido nacional socialista Cruz Flechada[2]. Fundó numerosas escuelas y parroquias. Firmó una carta de protesta de varios obispos en contra de los asesinatos de judíos cuando Adolf Hitler comenzó su persecución contra ellos en Alemania.
En 1940, publicó un panfleto, “El comunismo verde”[3], contra el partido nazi húngaro, caracterizándolo de diabólico y de ser tan perverso como los comunistas. En 1941, durante una campaña de magiarización[4], adoptó el apellido Mindszenty en honor a su pueblo natal. Durante la Segunda Guerra Mundial, Mindszenty coordinó el suministro de alimentos a campos de refugiados. En marzo de 1944 fue consagrado obispo de Veszprém por el papa Pío XII. Como las persecuciones contra los judíos y la destrucción del país por el régimen filonazi se recrudecían, Mindszenty envió al presidente Ferenc Szálasi un memorándum firmado por los obispos del oeste de Hungría, instándole a que detuviera esa política. Cuando el gobierno títere nazi húngaro colapsaba, en abril de 1945, su arresto fue levantado. Para entonces, Mindszenty ya era un símbolo de la resistencia para todos los húngaros, creyentes o no.
El 15 de septiembre de 1945, Pío XII nombró a Mindszenty Cardenal Primado de Hungría y Arzobispo de Esztergom, sede de la Iglesia Católica en Hungría. El 21 de febrero de 1946, Pío XII elevó a Mindszenty al rango de Cardenal Presbítero Santo Stefano Rotondo[5].
A medida que los comunistas se afianzaban en el poder dentro del Estado húngaro, sólo resistió la Iglesia. El régimen comunista empezó a atacar a la Iglesia Católica en general y al Cardenal en particular, tanto en los medios como en los tribunales. Mindszenty contactó con la Embajada de los EE. UU. para que se involucrara en la lucha contra el gobierno comunista, pero ésta se negó. El Cardenal insistió en su determinación para evitar que el Estado comunista se quedara con las escuelas parroquiales. El Partido comunista atacó asimismo a Mindszenty por sus exigencias de compensaciones tras la requisa de tierras propiedad de la Iglesia.
En 1948 fueron prohibidas las órdenes religiosas y la enseñanza en escuelas no estatales. El presidente del gobierno, Mátyás Rákosi, acusó específicamente a la Iglesia Católica de ser “el mayor terrateniente de Hungría y una fuerza reaccionaria que apoyaba a la monarquía y la dictadura del Almirante Horthy[6]”. El 26 de diciembre de 1948, el Cardenal fue arrestado, acusado de traición, conspiración y otros cargos en contra del Estado comunista. Se le confinó en un cuartel en Budapest, donde fue sometido a torturas físicas y psicológicas para tratar de obligarle a renunciar a su cargo[7]. Sufrió un juicio farsa[8] y, tras confesar que había organizado el robo de la corona de San Esteban para investir al príncipe Otto de Habsburgo como rey de Hungría, que pensaba reinstaurar el capitalismo y que estaba planificando la Tercera Guerra Mundial[9], fue condenado a cadena perpetua el 8 de febrero de 1949[10]. Se le halló culpable de operar en el mercado negro, traición y espionaje. Debido a su quebrantada salud, fue mantenido bajo arresto domiciliario. El 22 de febrero de 1949, Pío XII excomulgó a los implicados en el juicio y condena de Mindszenty.
Durante la revolución húngara de 1956, Mindszenty fue liberado. Ya en Budapest, se pronunció en la radio en favor de la libertad de Hungría, elecciones libres, la libertad religiosa y la propiedad privada. El 2 de noviembre de 1956, en una alocución[11], se mostró conciliador y evitó referirse al asunto de las propiedades de la Iglesia en Hungría. Unas horas después de su discurso, las tropas rusas entraron en Budapest y ahogaron en sangre la revolución.
Mindszenty solicitó y obtuvo asilo político en la embajada de los Estados Unidos. Tras quince años recluido[12] en ella, salió el 23 de septiembre de 1971 merced a un acuerdo entre el Vaticano[13] y el gobierno comunista húngaro. Presionado por el papa Pablo VI[14], el cardenal abandonó Hungría y se refugió en Austria, desde donde continuó su labor pastoral para con los húngaros en todo el mundo. Se negó a renunciar a la primacía de la Iglesia católica húngara. En diciembre de 1973, el papa Pablo VI retiró el nombramiento a un anciano y enfermo cardenal Mindszenty[15] y declaró vacante la diócesis de Esztergom. Mindszenty murió el 6 de mayo de 1975, a los 83 años, en su exilio de Viena. Al poco, Pablo VI cedió una vez más ante los comunistas nombrando al obispo László Lékai como Cardenal Primado de Hungría.
Durante cinco décadas, Mindszenty personificó la oposición sin compromisos a las dictaduras totalitarias. En los primeros años, frente al nazismo, y durante los últimos treinta años de su vida, luchando por la libertad religiosa bajo el régimen comunista en Hungría, lo que le valió la admiración por su valor y determinación. Fue conocido como «soldado de la Fe», «símbolo de la resistencia a todas las formas de violencia» y «el mártir más célebre del catolicismo de su tiempo».
Vuelvo al principio de este artículo. ¿Cuándo empezó a resquebrajarse la Iglesia Católica? Fue cuando el Papa Juan XXIII[16] y, sobre todo, Pablo VI[17], instaron al cardenal Mindszenty a que acatara las imposiciones del régimen comunista. Entretanto, el concilio Vaticano II era alumbrado por el primero de esos Papas, desarrollaba su labor con el segundo y patentizaba una debilidad creciente de la Fe Católica ante el Mal[18]. De una Fe profunda y amplia, la Iglesia Católica pasó a defender objetivos mundanos dentro de una ensalada doctrinal y litúrgica irreconocible. Y de ahí a la absoluta miseria eclesial en la que nos movemos no era necesario dar ni un paso: el tiempo y sus enemigos lo harían por ella[19]. Así estamos en 2026, tras doce años de descomposición auspiciada por un Papa[20] cuya función ha sido destruir los restos de la Fe y abocar a la desaparición a la institución más grande que han visto los siglos.
[1] La República soviética húngara fue un régimen comunista en Hungría, hecho posible por la unión del Partido Socialdemócrata y el Partido Comunista húngaro. Empezó el 21 de marzo de 1919 y terminó el 1 de agosto de ese mismo año.
[2] Su firmeza ante la presión del nazismo y los «Cruces Flechadas» (del partido filonazi surgido en Hungría durante la 2ª guerra mundial, Nyilaskeresztes Párt-Hungarista Mozgalom, traducible como Partido de la Cruz Flechada-Movimiento Hungarista) frenó las atrocidades que se llevaban a cabo contra los judíos.
[3] Verde por el color de las camisas de los uniformes que llevaban los militantes de la Cruz Flechada.
[4] Hungarización, por así decir.
[5] Se afirma que Pío XII, dirigiéndose a Mindszenty durante el acto de imposición de banda roja propia del rango concedido, le dijo: “Entre estos 32, usted será el primero en sufrir el martirio simbolizado por este color rojo”.
[6] El Almirante Miklós Horthy fue regente de Hungría entre 1920 y 1944. Encabezó un régimen autocrático de carácter conservador.
[7] Poco antes de su arresto, escribió una nota afirmando que no había participado en conspiración alguna y que cualquier confesión sería el resultado de coacciones.
[8] Que desencadenó protestas en todo el mundo y provocó una Resolución en Naciones Unidas. Se hizo a la manera de los llamados Juicios de Moscú, espectáculos tragicómicos de final sangriento celebrados entre 1936 y 1938 en la URSS.
[9] Esas fueron las confesiones que se le extrajeron por tortura.
[10] Pío XII fue muy claro: “El objetivo principal de este enjuiciamiento era devastar la Iglesia católica en Hungría con la esperanza de lograr lo que afirman las Sagradas Escrituras: “Herirá al pastor y se dispersarán las ovejas””.
[11] El gobierno reformista de Imre Nagy le pidió prudencia en su discurso.
[12] Ello a pesar de las protestas del gobierno húngaro y de las súplicas del Papa (Juan XXIII en primer lugar) para que aceptara un puesto en la Curia Romana.
[13] Juan XXIII no cesó de pedirle que dimitiera y abandonara el país.
[14] Pablo VI siguió cediendo; declaró a Mindszenty “víctima de la Historia” (y no del comunismo, curiosamente) y anuló la excomunión declarada por Pío XII.
[15] En eso consistió esencialmente la Ostpolitik: traicionar a los fieles y allanarse ante el comunismo.
[16] Benevolente, pero incapaz de comprender lo que el comunismo significa.
[17] Este Papa atacó frontalmente a España, con la excusa de enfrentarse a su jefe del Estado. Lanzó a sus obispos contra el Régimen que había salvado a la Iglesia de la extinción y firmado con el Vaticano el mejor Concordato posible. Y de ser el paladín de la defensa de la Iglesia Católica, España ha pasado a convertirse en un apéndice irrelevante.
[18] El soberbio cardenal Montini, elegido sucesor de San Pedro a la muerte de Juan XXIII, llegó al final de su vida observando algunas consecuencias de su obra: “Por alguna rendija ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”. La crisis de la Iglesia que comandaba fue en parte fruto de su arrogancia.
[19] A pesar de la inmensa categoría personal de Juan Pablo II y de Benedicto XVI, verdaderos gigantes rodeados por la Curia romana.
[20] Número 266 de orden.
