Hemos llegado a la tercera entrega de la serie que intenta exponer quién es responsable del suicidio energético, económico y social de Occidente. Aunque todo cuanto diga (y mucho, mucho más) se halla detallado en este libro https://www.unioneditorial.net/libro/crimen-de-estado/, podemos ahora mostrar algunos datos que nos permitan avanzar en la comprensión del fenómeno.
Las dos entregas anteriores aparecieron aquí https://joseramonferrandis.es/hay-que-saber-i/ y aquí https://joseramonferrandis.es/hay-que-saber-ii/ . Sigamos.
En el texto subsiguiente constan fragmentos de actas de reuniones e informes de un organismo privado (en entregas posteriores, el testigo pasará a manos de organismos de la ONU), donde se identifica y denomina un fenómeno y se lo convierte en ariete contra una forma de entender una organización social, una vertebración política y un conjunto de elementos entrelazados que constituyen una ideología. El objetivo (lo veremos) es combatir la economía de mercado, también conocido como capitalismo, y con ella, la misma existencia de Occidente, una civilización muy anterior al modo de producción capitalista, provocando su completa[1] destrucción. La teoría al respecto asevera que sobre sus restos se construirá una sociedad más justa[2]. Veamos los extractos del libro mencionado.
En 1991, el Club de Roma produjo su segundo informe, titulado “La primera revolución global”, elaborado por Alexander King y Bertrand Schneider. El objetivo declarado del informe era “diseñar una estrategia para movilizar a los gobiernos en favor de la seguridad medioambiental y la energía limpia para transformar el mundo de una economía militar (sic) en una civil, deteniendo el calentamiento global y resolviendo el problema de la energía; enfrentando la pobreza del mundo y las disparidades entre los hemisferios norte y sur”.
En el informe se hacía hincapié en el calentamiento atmosférico por razón del CO2, pero no era eso lo importante, sino esto que leen, con sus preceptivas comillas por ser literal. “Parecería como si los seres humanos necesitaran una motivación, un adversario común, para organizarse y actuar juntos en el vacío; hay que encontrar tal motivación para unir a las naciones divididas frente a un enemigo exterior, sea real o inventado[3]. El enemigo común de la Humanidad es el Hombre”.
“En busca de ese nuevo enemigo surgió la idea de que la contaminación, la amenaza del calentamiento global, la escasez de agua, las hambrunas y asuntos similares cuadran entre sí. Todos esos peligros son causados por la intervención humana y sólo las superaremos cambiando actitudes y comportamientos. El enemigo real es la Humanidad misma”.
“Las viejas democracias han funcionado razonablemente bien los últimos 200 años, pero parecen encontrarse en una fase de estancamiento autocomplaciente sin liderazgo ni capacidad innovadora”. “La democracia no es una panacea. No lo puede organizar todo y no es consciente de sus limitaciones. Hay que reconocerlo. Aunque suene sacrílego, la democracia no sirve para lo que hemos de enfrentar. La complejidad y la naturaleza técnica de muchos de los problemas actuales no siempre permite a los representantes elegidos tomar decisiones adecuadas a tiempo”.
He remarcado en negrita las frases más relevantes dentro de las textuales que he traído a colación. Se puede apreciar el crescendo en la melodía intervencionista y totalitaria: los cantantes se van creciendo, no hay oposición a la vista.
En la próxima entrega se apreciará cómo distintos organismos de la Organización de Naciones Unidas asumen los postulados ya explicitados y los convierten en la justificación intervencionista de las economías (y las sociedades) occidentales.
[1] De forma menos cruenta de lo habitual. Ver siguiente pie de página.
[2] Recuerde el lector que este argumentario fue el hilo conductor de las gigantescas atrocidades que condujeron a la creación de la URSS, la República Popular China y sus excrecencias hispanoamericanas y asiáticas.
[3] El subrayado es del autor.
