Esta es la XI entrega resumida del libro «Franco sin adjetivos», que espero resulte de interés
6. La Guerra Civil (IV)
No vamos a ilustrar cada batalla de la Guerra Civil, pero sí conviene poner ejemplos del desempeño militar que otorgó la victoria a las tropas nacionales.
El 19 de junio de 1937, el ejército de Franco entró en Bilbao. Fue una catástrofe para el Frente Popular. A juzgar por las defensas erigidas en torno a la capital vasca, Bilbao no podría ser tomada fácilmente. Pero lo fue. Y lo fue porque Alejandro Goicoechea pasó los planos de las defensas al ejército de Franco, que dispuso de información importante sobre los puntos del cinturón defensivo que se hallaban en fase de construcción. Llagados al Cinturón, lo rebasaron sin especiales dificultades y sus tropas pudieron entrar en una ciudad casi vacía sin problemas. El PNV se negó a destruir los altos hornos y los astilleros. Franco se hizo con ellos: ya no era el Frente Popular el único en tener producción de acero. A esta derrota siguió la rendición del Frente del Norte en Santoña, lo que supuso un mazazo para las tropas frentepopulistas.
El 15 de diciembre de 1937, sin preparación aérea ni artillera, comenzó la Batalla de Teruel, cuyo desenlace resultó decisivo para la Guerra Civil. Ese día, el ejército frentepopulista desencadenó su mayor ofensiva hasta entonces y lo hizo sobre un lugar que no tenía valor estratégico.
Pero sí lo tenía político[1]. Se trataba de atraer los ejércitos de Franco y aligerar así la presión sobre Madrid. Teruel se encontraba ya en situación de avanzada. La escasa[2] guarnición de los nacionales, al mando del coronel Domingo Rey D´Harcourt, reaccionó con vigor y decisión.
Las fuerzas frentepopulistas (Hernández Saravia) ascendían a 100.000 hombres en tres cuerpos de ejército. Llevaban 400 piezas de artillería, 100 tanques y 120 aeronaves. El plan del ya general Rojo era conquistar Teruel con seis divisiones y dejar dos para afrontar la contraofensiva.
Las tropas republicanas estaban seguras de la victoria por la gran desproporción de fuerzas existente. El día 19, las tropas frentepopulistas llegaron a los arrabales de Teruel, donde encontraron una fuerte resistencia. La aviación franquista, con temperaturas de -10°C, no podía obstaculizar el avance frentepopulista. La lucha dentro de Teruel fue casa por casa, con disparos de artillería de los atacantes con los cañones a cero grados de elevación.
El día 23, Franco envió el grueso de sus tropas para contratacar. El frío extremo (-18°C) paralizó las operaciones: los motores se helaban. Había un metro de nieve. El 7 de enero, Rey D’Harcourt rindió Teruel[3]. A mediados de ese mes, los prisioneros más notables, entre ellos los altos jefes militares y el obispo de Teruel, fueron trasladados a Barcelona. La euforia se desbordó en el bando republicano[4]. El gobierno de Negrín se ufanó de la victoria.
El contraataque de Franco ya estaba en marcha. Entonces, las fuerzas del gobierno pasaron a defender Teruel. Para ello, Rojo recurrió a sus reservas y entre ellas, a la 84 Brigada Mixta, cuyos hombres habían contribuido decisivamente a la toma de la ciudad. Entonces se produjo la insubordinación[5]. El día 19, la Brigada Mixta recibió la orden de suspender el permiso. Ello significaba que, a los dos días de llegar a Rubielos de Mora para descansar, se les obligaba a retornar al frente. Unos 600 hombres de los batallones “Azaña” y “Largo Caballero” se negaron. Pero Indalecio Prieto había dictado órdenes estrictas de paliar el caos interno. El 20 de enero, el jefe de la 40 División, el teniente coronel Andrés Nieto Carmona, juzgó a 130 hombres. Tres sargentos, 12 cabos y 31 soldados fueron fusilados a las afueras de Rubielos de Mora.
A partir de ahí se desencadenó la victoria de Franco, quien había movilizado todas sus fuerzas en la zona. El 21 quedó casi cercada Teruel. Hernández Saravia ordenó a “El Campesino”, que se retirara[6]. Por la mañana del 22 de febrero, los franquistas entraron en Teruel sin resistencia alguna.
La batalla de Teruel fue crucial. Supuso un fuerte desgaste para ambos contendientes. Vicente Rojo consiguió desviar la ofensiva sobre Madrid, pero perdió la batalla. Franco recuperó la ciudad[7]. El 9 de marzo, dos semanas después de perder Teruel, las líneas frentepopulistas, desguarnecidas por haber desplazado el grueso de las tropas a Madrid para enfrentar el que suponían iba a ser nuevo ataque de las tropas nacionales, se derrumbaron. A través de Gandesa y Morella, los soldados de la 4ª División de Navarra, mandada por el general Camilo Alonso Vega, alcanzaron el Mediterráneo, ocupando Vinaroz y Benicarló y partiendo en dos el territorio enemigo. La derrota frentepopulista parecía ya sólo cuestión de tiempo.
Con todo, el gobierno de Valencia poseía fuerzas considerables, reforzadas y modernizadas, así que el jefe del Alto Estado Mayor republicano, Vicente Rojo, decidió asestar a Franco un golpe en un arco de más de 60 kilómetros entre Mequinenza (Zaragoza) y Amposta (Tarragona). La II República iba a poner en juego la mayoría de sus recursos en una nueva batalla frontal.[8]
El factor sorpresa[9] favoreció a los frentepopulistas. A las 00:15 horas del 25 de julio, sin luna, unos 100.000[10] soldados frentepopulistas cruzaron el Ebro por doce puntos distintos y cayeron sobre las defensas de los nacionales, muy inferiores en número[11]. El general Rojo había reunido a sus mejores mandos, antes en el 5º Regimiento: Juan Modesto, Enrique Líster y Manuel Tagüeña[12], además de Etelvino Vega[13]. Todos los comandantes principales y muchos mandos intermedios eran comunistas.
La idea era tomar Gandesa, el centro de comunicaciones más importante de la zona. El ejército frentepopulista cruzó el río, pero no alcanzó los objetivos previstos. Sin embargo, en los primeros momentos de la batalla del Ebro, el Frente Popular estaba eufórico. Azaña llegó a pensar que había cambiado el destino de la República. Fue un espejismo.
Franco diseñó una batalla de desgaste para destruir al ejército enemigo[14]. La aviación franquista efectuó ataques masivos sobre los pontones frentepopulistas. La aviación de la República tardó más de dos días en intervenir[15]. Los tanques del Frente Popular no pudieron pasar el río, en ausencia de puentes. Además, la apertura por los franquistas de las compuertas de los embalses de Tremp y Camarasa generó una crecida del río que arrastró hombres, camiones y pasarelas.
El 21 de septiembre, Negrín retiró las Brigadas Internacionales para congraciarse con Francia y el Reino Unido, a la vista de lo que se estaba decidiendo en la Conferencia de Múnich[16]. El 3 de octubre, Franco despidió en Logroño a 10.000 voluntarios italianos[17], que regresaron a su patria desde Cádiz.
El 30 de octubre empezó la contraofensiva final. El 3 de noviembre, las fuerzas de Yagüe llegaron al Ebro. La línea frentepopulista se desmoronó y durante la madrugada del 16, los últimos contingentes del ejército rojo repasaron el rio Ebro por los puentes de Flix y Ribarroja. Los frentepopulistas nunca más volverían a tomar la iniciativa y retrocedieron hasta su rendición. La Segunda República estaba condenada.
La batalla del Ebro fue la más larga de la guerra, la que más combatientes enfrentó, la más mortífera y, sin duda, la decisiva: allí se decantó la Guerra Civil y quedó sellado el destino de la II República. La derrota en la batalla del Ebro supuso la absoluta descomposición del frente popular, como se vería más tarde.
[1] El 17 de mayo de 1937, tras los enfrentamientos entre el PCE, el POUM, la CNT y el gobierno, Francisco Largo Caballero (PSOE) dimitió como presidente del gobierno. Le sucedió Juan Negrín (PSOE), quien optó – de acuerdo con el jefe de Estado Mayor, coronel Vicente Rojo – por una estrategia ofensiva con ataques de distracción en frentes secundarios.
[2] El bando nacional contaba con unos 3.000 hombres armados dentro de la ciudad de Teruel (de los cuales casi el 40% no eran militares). A ellos se sumaron 1.000 civiles no entrenados militarmente, llegando a alcanzar 4.000 defensores.
[3] La actuación de Rey D’Harcourt fue analizada en la Auditoría de Guerra de Zaragoza para dilucidar los motivos de su rendición. Su expediente fue sobreseído en 1940; se habían satisfecho las «exigencias del honor y el deber”.
[4] «Minutos antes de las 21:00 el coronel D’Harcourt, que asumía la jefatura de los facciosos en la plaza pidió comunicación telefónica con el Ejército de Levante, general Sarabia, a quien ofreció su rendición y la de las tropas por él mandadas”. Así lo comunicó Rojo a Indalecio Prieto, ministro de Defensa. El coronel Rey D´Harcourt, prisionero de la República, fue asesinado el 7 de febrero de 1939 en un barranco de Can Tretze, no lejos de Pont Molins, Cataluña, junto a otro defensor de Teruel, el teniente Pérez del Hoyo, el obispo Anselmo Polanco y otras 37 personas más. Fueron ametrallados por un grupo dirigido por el comandante Pedro Díaz (PCE). Tras su muerte fueron rociados con gasolina y quemados.
[5] Los soldados estaban agotados. Su mando los exprimió y estallaron.
[6] 1.500 soldados del Frente Popular quedaron prácticamente abandonados.
[7] Teruel fue la primera capital de provincia que perdía Franco. No se resignó y la recuperó en un plazo de dos meses.
[8] El ejército frentepopulista había mejorado mucho con el nuevo armamento procedente de Checoslovaquia, sobre todo artillería pesada y cañones antiaéreos. La fuerza aérea se había reforzado con la llegada de los modelos Supermosca/Rata I-16 Tipo 10 (Polikarpov I) y Superchato I-15 (Polikarpov) (URSS). Los tanques rusos T-26 eran considerablemente superiores a los Panzer I y a las Fiat-Ansaldo armadas sólo con ametralladoras. De hecho, los suministros comenzaron con los 133 aviones y los dos batallones de carros que envió la URSS para la defensa de Madrid, con pilotos soviéticos y mando del ejército rojo, a finales de septiembre de 1936.
[9] La operación fue audaz. En los tratados militares de la época, los ríos caudalosos como el Ebro eran considerados infranqueables.
[10] El denominado Ejército del Ebro, del Grupo de Ejércitos de la Región Oriental (GERO), estaba bajo la máxima autoridad de Juan Modesto Guilloto. Integraba dos cuerpos de ejército, comandados por Enrique Lister Forján y por Manuel Tagüeña Lacorte. Los tres eran comunistas. Sus cuerpos de ejército estaban organizados como unidades soviéticas. Llevaban distintivos con las estrellas rojas de cinco puntas. El saludo militar se hacía llevando el puño a la sien. Las unidades militares incluían comisarios políticos, remedo del ejército soviético.
[11] El ejército de Franco reaccionó rápidamente, desplegando las reservas del Cuerpo de Ejército Marroquí desde la noche del 25 para impedir la toma de Gandesa, defendida por a 16ª Bandera de la Legión desde el mismo día 25. Las tropas nacionales aportaron más recursos y frenaron a los republicanos. El 3 de agosto, el Ejército del Ebro pasó a la defensiva.
[12] Tagüeña era licenciado en Física y Matemáticas. Ascendió vertiginosamente dentro del Ejército por sus excelentes dotes. Con 24 años, era el responsable del XV Cuerpo de Ejército de la República, con más de 30.000 hombres en armas a su cargo.
[13] Para evitar casos de deserción e insubordinación como los habidos en Aragón la primavera anterior, los sargentos tenían órdenes escritas de fusilar a los oficiales que se retiraran sin órdenes superiores por escrito. La prerrogativa fue ejecutada con alguna frecuencia.
[14] Y dejarle sin recursos para tomar de nuevo la iniciativa.
[15] Durante la batalla del Ebro, los bombardeos frentepopulistas sobre la retaguardia de la zona nacional fueron muy escasos. Sin embargo, el 7 de noviembre se produjo el bombardeo de Cabra, el más mortífero de los realizados por la aviación republicana, precisamente sobre población civil.
[16] La Conferencia de Múnich fue una reunión entre los presidentes de los gobiernos de Alemania, Francia, Italia y el Reino unido cuya finalidad era resolver la crisis de los Sudetes (la crisis de los Sudetes fue la invasión por Alemania de territorios de Checoslovaquia habitados mayoritariamente por ciudadanos germanoparlantes). Se pensaba en aquellos momentos que era posible el estallido de una guerra en Europa, guerra que se encadenaría con la Guerra Civil. Finalmente, el día 30 de septiembre de 1938, se llegó al Acuerdo de Múnich, que aprobaba la integración de los Sudetes a Alemania, evitando así temporalmente el estallido de la guerra, pero vulnerando el Tratado de Versalles de 1919.
[17] No eran todos; quedó en España la división Littorio del ejército italiano.
